domingo, 26 de junio de 2016

El Catolicismo es la verdad absoluta - P. Garrigou-Lagrange





Título: El Catolicismo es la verdad absoluta (P. Garrigou-Lagrange)
Autor: Fray Cándido de «Sí, sí, No, no»
Extraído de la edición española de «Sí, sí; No, no», año XXI, n. 224, marzo de 2011, pp. 1-3.

Mientras que los modernistas, incluso después de la condena de la encíclica Pascendi (1907) del gran Papa san Pío X, seguían intrigando en secreto para subvertir el credo católico, la ley de Dios, la liturgia y la disciplina eclesiástica, la Iglesia Católica, en cambio, tuvo todavía grandes teólogos en el siglo XX, que ilustraron y defendieron su santa tradición. Uno de éstos vio la luz el 21 de febrero de 1877, en Auch en Gascogne (Francia). Vástago de una ilustre familia, los suyos lo llamaron Gontran. Se reveló en seguida como inteligentísimo, con una sed de conocimiento que le salía por los ojos y le empujaba, siendo aún niño, a lecturas arduas, incluso de las obras nada fáciles de san Juan de la Cruz.

Una vez completados los estudios superiores se inscribió en la universidad para estudiar medicina. Se acercaba, con todo, “la hora de Dios”.



Iluminación

«Cuando en 1897, a la edad de veinte años –escribió-, cursaba yo estudios de medicina en Burdeos, leí un libro de Ernest Hello, L’uomo e il suo bisogno di Dio [“El hombre y su necesidad de Dios”]. Durante aquella lectura vi o entreví, en un instante, que la doctrina de la Iglesia católica es la verdad absoluta sobre Dios, su vida íntima, el hombre, su origen, su destino sobrenatural. Vi, en un abrir y cerrar de ojos, que no era sólo una verdad relativa al estado actual de nuestros conocimientos, sino la verdad absoluta que no pasará y que se manifestará cada vez más elevada en su esplendor hasta que veamos a Dios directamente, facie ad fsciam [cara a cara]. Un rayo de luz me aclaró la afirmación de nuestro Salvador: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt XXIV, 35)».

Gontran vivió así el acontecimiento central de su vida: si Jesucristo era la verdad absoluta, no una opinión, ni un maestro como hay tantos, sólo restaba seguirlo con una entrega total, o mejor dicho, consumirse por él. Imbuido de esta certeza, el joven dejó estudios y prometida y entró como novicio en la orden dominicana, en el convento de Amiens, donde, vestido con el hábito blanco, tomó el nombre de Fray Reginaldo, igual que el más instruido de los primeros discípulos de Sto. Domingo de Guzmán.

Fray Réginald Garrigou-Lagrange realizó, en Flavigny y en Gante, estudios serios y solidísimos sobre la Summa de Sto. Tomás y sus comentarios bajo la guía de padres doctos y austeros. El 30 de abril de 1900 hizo su profesión solemne. El 28 de septiembre de 1902 se ordenó de sacerdote a los veinticinco años de edad.

Lo enviaron en 1904 a la Sorbona de París a que se licenciara en filosofía y letras. Allí, aunque conoció a hombres famosos como Bergson y Maritain, le fastidiaba el tener que consagrar demasiado tiempo a investigar sobre temas literarios profanos: no ambicionaba ser un esteta; tan sólo deseaba ser un sacerdote y maestro de la verdad. Por eso enseñará historia de la filosofía ya en 1905, e impartirá clases de teología dogmática en 1906, en Le Saulchoir, en Bélgica. Pero se trataba nada más que de la preparación para la luminosa misión que le esperaba.



En la cátedra

El 8 de septiembre de 1907, el papa san Pío X condenó el modernismo, “cloaca de todas las herejías”, con la encíclica Pascendi (y, algunas semanas antes, en el decreto Lamentabili). El padre Jacinto Cormier, maestro general de los dominicos (hoy beato), acababa de fundar en Roma el colegio internacional Angelicum para la enseñanza y defensa de la verdad del catolicismo.

En 1909 el padre Réginald Garrigou-Lagrange fue llamado a Roma para que ejerciera la docencia. Teólogo profundo y seguro pese a sus verdes treinta años, fue, por más de medio siglo, un profesor cada vez más prestigioso, que enseñaba metafísica, teología fundamental y varios tratados de teología dogmática. Fundó en 1917 la cátedra de ascética y mística, en la que él mismo enseñaría hasta 1959, a causa de la fascinación que sentía por un hermano suyo de hábito, el padre Juan Arintero (1860-1928), místico e investigador de la teología mística de Sto. Tomás de Aquino.

Estudiaba a fondo, rezaba y contemplaba a Dios, y de la sobreabundancia de su contemplación nacía, como óptimo dominico que era y seguidor de las huellas del santo fundador de su orden y del maestro Tomás de Aquino, lo que el padre Garrigou-Lagrange enseñaba, predicaba y escribía; realizaba de ese modo en sí mismo el lema de la orden a la que pertenecía: contemplare et comtemplata aliis tradere (“contemplar y transmitir a otros lo contemplado”). Por eso trabajaba con pasión y método, sin perder ni un instante de tiempo siquiera: todo por la verdad, todo por Jesús-verdad.

En el centro de su existencia figuraba cada día el santo sacrificio de la misa y el rezo del breviario, “anhelo ardiente y preocupación cotidiana de su corazón Sacerdotal”: vivía de Jesús y en Jesús, en una unión intensísima que lo hacía feliz, afable, laborioso y fuerte como una roca.

Era fiel al rezo coral en compañía de sus hermanos de hábito, aunque se hallaba dispensado del mismo por su labor de profesor. Cada mañana, sentado en su puesto en el coro, cumplía su hora de meditación contemplando a Dios con la mirada vuelta hacia el sagrario, donde se hallaba su único amor.

Metafísico y teólogo doctísimo, amaba a los pobres y a los pequeños con predilección singular; para ayudarles extendía la mano, como un mendigo ante reyes, presidentes y pontífices, con la sencillez de un niño. Era un director espiritual muy solicitado y amaba sobremanera a la Virgen, a la cual se había consagrado al estilo de la “perfecta esclavitud de amor” de San Luis María Grignon de Montfort; la honraba cada día con las tres partes del rosario, que era para él “escuela de contemplación” y “plegaria de adoración, alabanza, reparación e impetración: los mismos fines de la santa misa”.

Investigaba y proponía a los demás, escribiendo al respecto con altísima competencia, el ejemplo de niños muertos en olor de santidad, a los que consideraba «obras maestras de Jesús y la inocencia en persona, que interceden por nosotros ante Dios, a menudo hasta con la fuerza del martirio». Brillante por su doctrina y magisterio, era humilde en su vida y trato.

Mas ¿para quién y para qué vivía el padre Garrigou-Lagrange? Para servir a la verdad, por la cual lo sacrificaba todo. Su vida era un servicio continuo a la verdad divina, que es Jesucristo, como lo había comprendido en la radiante “intuición” de sus veinte años. A eso se enderezaban sus veintitrés grandes obras y los seiscientos competentísimos artículos, que publicó entre 1904 y 1960.

Llegado a la madurez en el momento en que el modernismo, al separar el catolicismo de la revelación divina para disolverlo en la cambiante y voluble experiencia individual, destruía con el relativismo escéptico toda certeza relativa a la razón y la fe, el padre Garrigou-Lagrange reivindicó con todas sus fuerzas, para la razón, la capacidad de conocer a Dios en cuanto creador, y para la fe, la de alcanzar a Dios en sí mismo por medio de la revelación. Así trazó para los hombres de hoy el itinerario espiritual e intelectual que podía conducirlos a Dios y a la salvación de sus almas: es la misión que Jesucristo confía a todo sacerdote suyo, y que él vivió como teólogo y como docente.

Pero hoy, ¿quién se acuerda de ello?, ¿quién se afana por hallar un confesor y, una vez encontrado, lo sigue en lugar de mofarse de él?, ¿quién se sigue planteando el problema de la salvación de las almas?


Del ser a Dios

Su primera entrada en acción –véase la obra Il senso comune e la filosofía dell’essere (1909)- consistió en refutar el agnosticismo, al decir del cual no se puede conocer nada verdadero ni cierto, demostrando su carencia de fundamento; así corroboraba el valor objetivo y trascendente de los principios primeros de la razón, con los cuales el hombre conoce la verdad primera mediante lo real. Era la primera gran lección de Sto. Tomás, o mejor dicho, de la “filosofía del ser”: sin la certeza de que alcanzamos la realidad con nuestra razón, aunque sea de manera limitada, no podríamos nunca decir nada seguro sobre Dios, ni siquiera sobre el Dios que Jesucristo nos reveló. Los principios primeros con los que se estructura el conocimiento humano son las leyes, no sólo del pensamiento, sino, además, de la realidad ontológica de las cosas: es la condición inexcusable, incluso para la Iglesia, de todo verdadero razonamiento relativo a Dios.

La segunda entrada en acción de Garrigou-Lagrange estribó en resolver el problema del conocimiento natural de la existencia de Dios y de su naturaleza. En 1910, en el denso artículo sobre “Dios” que escribió para el Dictionnaire Apologétique, demolía de manera irrefutable la tesis kantiana según la cual era imposible conocer a Dios, y demostraba que sin Dios no podía fundamentarse ley moral alguna, por lo que el hombre caería presa de sí propio, de su egoísmo, de su prepotencia y de su desesperación. Dicha demostración la repitió y desarrolló en 1914, en la obra gigantesca Dios, su existencia y su naturaleza.

He aquí cómo Garrigou-Lagrange nos ayudaba a dar el tercer paso. Para los modernistas de su tiempo (y para los más peligrosos y más pérfidos de hoy), las “verdades reveladas” eran sólo la expresión humana de una experiencia de Dios vivida por la conciencia subjetiva, para la cual no existe ninguna verdad absoluta y eterna, ni dogma ni ley moral objetiva (“hago lo que me gusta y lo que me da la gana”). Esto no será ya el catolicismo, sino otra religión –la de los modernistas-, o mejor dicho, era la disolución de todo, como lo reconocería en 1950, con lágrimas en los ojos, el venerable santo padre Pío XII: “Así no queda ya nada de la verdad”.

En 1918, el padre Garrigou-Lagrange ratificó, con la obra De revelatione per Ecclesiam propósito, la existencia de una revelación objetiva por parte de Dios en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, cuyo vértice es Jesucristo, y también que dicha revelación propone no sólo verdades accesibles de suyo a la razón humana, sino, sobre todo, verdades de origen sobrenatural, no accesibles directamente a la razón, las cuales hemos de creer en fuerza de la autoridad de Dios revelador. Creer no es algo facultativo, ni tampoco se cree “por un salto en la oscuridad” por parte de la inteligencia, sino que se cree porque a Dios, creador y Señor que se revela, el hombre le debe obediencia de la fe, y porque Dios mismo le suministra a la razón pruebas para creer. De ahí que el creer sea obligatorio y racional.

La formulación dogmática de la Iglesia, explicaba Garrigou-Lagrange, presenta las mismas verdades reveladas por Dios, y no se halla sujeta a los cambios del progreso científico y filosófico porque expresa la verdad divina inmutable y eterna. Todo hombre, de cualquier lugar y tiempo que se considere, podrá aprehenderla con la gracia de Dios, que nunca falta a quien la busca, porque la inteligencia, que está esencialmente constituida para aprehender el ser, para conocer la verdad, no deja nunca de ser la misma. El dogma es estable porque está anclado en la verdad de Dios e interpela a la inteligencia humana directamente, más allá de las mudanzas de la ciencia y de la filosofía.

Por eso la teología no es presentación sistemática de la experiencia religiosa subjetiva, como decían los modernistas, entre otras razones porque, si fuera así, el “creyente” no amaría al Dios real y verdadero, sino que en el fondo se amaría sólo a sí mismo. Para vivir la caridad para con Dios y con el prójimo, caridad constitutiva de la misma vida cristiana, es menester que se arraigue en la verdad revelada por Dios y profesada por la fe. La sobrenaturalidad de la fe es necesaria e indispensable para la vida cristiana auténtica: no hay verdadera caridad sin fe.


«La gracia, semilla de la gloria»

Una vez llegado a este punto, se le da al creyente, en virtud del don de sabiduría del Espíritu Santo y a la luz de su inspiración, el gustar y el experimentar las realidades divinas en el centro del alma. Este Dios, objeto de experiencia íntima, no es el Dios incognoscible o desconocido de los modernistas, sino que es el Dios de la fe, cuya sublime verdad guía esta experiencia. A través de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros por medio de la gracia, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo viven y manifiestan su presencia en nuestro propio centro: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada.» (Jn. XIV, 23).

Así se pasa de la sabiduría metafísica (capacidad de la inteligencia de conocer el ser y llegar a Dios) a la sabiduría teológica (que se funda en la fe divina y tiene por objeto la comprensión de las verdades reveladas por Dios y la profundización en las mismas) y, por último, a la sabiduría mística infusa, don del Espíritu Santo, por la cual los santos conocen a Dios de modo inefable en esta vida.

De todo este itinerario único –verdadero itinerarium mentis in Deum-, conducente al perfecto conocimiento de Dios, fue un maestro el padre Garrigou-Lagrange con las obras citadas más arriba y, finalmente, con la obra maestra Las tres edades de la vida interior, preludio de la del cielo. Tratado de teología ascética y mística (París, 1938), que escribió en la fidelidad plena a la verdad absoluta y eterna cual la enseña la Iglesia católica y a la zaga de las huellas de Sto. Tomás de Aquino, pues estaba convencido, con razón, de que seguir la doctrina de éste era la única manera de resolver los problemas suscitados por la cultura contemporánea.


La Iglesia reconoció y honró la rectitud y competencia del padre Garrigou-Lagrange: los pontífices Benedicto XV, Pío XI y Pío XII recurrieron a menudo a sus luces para pronunciarse sobre graves problemas doctrinales. Desempeñó un papel fundamental en la redacción de la encíclica Humani generis (12 de agosto de 1950) del venerable Pío XII, altísimo faro de luz en pleno centro del siglo XX, en la que el Papa condenaba los gravísimos errores de la “teología nueva” (que disolvía el catolicismo, como ya vimos) y refrendaba la verdad del credo católico. ¿Quién mejor que el padre Garrigou-Lagrange (y que otros teólogos de su mismo cuño) para colaborar con el Papa en aras de ese servicio indispensable den defensa de la verdad?

Filósofo, teólogo, místico, verdadero hombre de Dios, guía de millares de almas, se retiró al término de su actividad académica en 1960, al convento de Santa Sabina, que el propio Sto. Domingo había fundado en Roma, en el Aventino. Vino el dolor a visitarlo, mas el padre Réginald era un sol en el fulgor del ocaso. Configurado con Jesucristo crucificado, “el libro que contiene toda la verdad”, vivía ya en la luz, que se dilató “sin límites”, en derredor suyo, el 15 de febrero de 1964, en el encuentro definitivo con el Hacedor.

Respondió fielmente a la vocación singular que Dios le había hecho sentir cuando, a los veinte años de edad, era un estudiante enamorado de la verdad, el bien y la belleza. Como lo consignó en la misma página que empezamos a citar al comienzo:

«Comprendí entonces que esa verdad absoluta debía fructificar como el grano de trigo… Si bien la germinación natural es ya algo espléndido, ¿qué pensar de la germinación de la vida eterna cuando la gracia bautismal, que es su germen, produce el treinta, el sesenta y aun el ciento por uno en el alma de un Santo Domingo, de un San Vicente de Paúl, de un santo cura de Ars? Gratia est semen gloriae! La vida de la gracia en nuestra alma es la vida eterna incoada. Se echa de ver cada vez mejor la importancia de una vocación sacerdotal, sobre todo cuando se responde de veras a ella. La Iglesia, en efecto, cultiva la gracia en las almas a fin de prepararlas para la vida eterna. Por eso la Iglesia, la verdadera Iglesia de Cristo, necesita sacerdotes, teólogos, directores espirituales que sean almas de profunda oración. Así fue como yo vislumbré, a la edad de veinte años, la importancia de la vocación sacerdotal».

A tamaño hombre de Dios nadie debe reprocharle (como algunos, auténticos necios, hacen hoy) que no se adelantara a los tiempos y no dijera cosas nuevas, porque la verdadera sabiduría no estriba en hallar “novedades” que confundan y destruyan juntamente la verdad y las almas –como demasiada gente hace hoy-, sino en conocer y adherirse cada vez más intensamente a la verdad una y eterna como a Dios mismo, y en anunciarla en su esplendor. Por esto, mientras los novadores pasan como el humo que se disipa, quien busque la verdad puede aún enriquecerse de luz leyendo a Garrigou-Lagrange, uno de los mayores maestros de nuestro tiempo en la escuela eterna de Jesucristo, maestro único y sólo salvador.

Fray Cándido.

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